Cruzó
el paso de cebra en diagonal, para así ahorrar tiempo. Pero conforme
lo recorría, la trayectoria que se formaba respecto a su
cuerpo se iba haciendo más oblicua al borde de la carretera, hasta que quedó caminando a su lado. Sin llegar a cruzarlo. Como las asíntotas, que se juntan con el eje X o el Y en el infinito y hasta entonces permanecen a un lado.
Frené
mientras veía cómo se convertía en una mata de pelo dorado volando
por encima de mi parabrisas. Apareció una
raja perpendicular a la linea de la nariz. Se me partió. Alrededor todo tomó un
color amoratado. Acompañado por una fuerte sensación
punzante y de presión. Sensación de que me la habían
partido.
Sus
piernas. En forma de V invertida sobre mi cristal delantero. Nunca se
me olvidarán. Una de sus rodillas raspada lo manchaba todo de
sangre. Llevaba falda, de gasa, con vuelo, que le cubría los muslos y se detenía ante el líquido caliente y oscuro, como asustado. Estaba depilada. Me quedé ahí, observando
mientras susurraba. Más tarde me di cuenta de que rezaba.
Cuando desperté pensaba en ellas, en esas piernas. Oía ruido a mi alrededor y al poco me di cuenta de que el ruido estaba dentro, en mi cabeza. Tantee comprobando la sensibilidad de mis dedos. Todo estaba en orden. Excepto por la sensación de presión en la nuca. En las sienes. En la nariz.
Miré a mi alrededor, aún desorientado. A mi derecha colgaba un botón del que colgaba un cable hacia alguna parte. La vista no me alcanzaba. Debía ser el botón para llamar a las enfermeras. El botón de llorar. Porque has partido dos piernas tan hermosas y sobrecogedoras que te duele especialmente haberlo hecho. Más allá del compromiso que supone, claro está.
¿Dónde estarán ahora? ¿Congeladas en algún cajón? Tal vez aún palpitantes y sangrantes sobre alguna tabla de acero esterilizada. Has salido de tu primer accidente de tráfico ileso, ahora tienes que dar las gracias e ir a por ellas. Come y calla. Corre.
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