miércoles, 15 de febrero de 2012

Passage pour piétons


Cruzó el paso de cebra en diagonal, para así ahorrar tiempo. Pero conforme lo recorría, la trayectoria que se formaba respecto a su cuerpo se iba haciendo más oblicua al borde de la carretera, hasta que quedó caminando a su lado. Sin llegar a cruzarlo. Como las asíntotas, que se juntan con el eje X o el Y en el infinito y hasta entonces permanecen a un lado.

Frené mientras veía cómo se convertía en una mata de pelo dorado volando por encima de mi parabrisas. Apareció una raja perpendicular a la linea de la nariz. Se me partió. Alrededor todo tomó un color amoratado. Acompañado por una fuerte sensación punzante y de presión. Sensación de que me la habían partido.

Sus piernas. En forma de V invertida sobre mi cristal delantero. Nunca se me olvidarán. Una de sus rodillas raspada lo manchaba todo de sangre. Llevaba falda, de gasa, con vuelo, que le cubría los muslos y se detenía ante el líquido caliente y oscuro, como asustado. Estaba depilada. Me quedé ahí, observando mientras susurraba. Más tarde me di cuenta de que rezaba.

Cuando desperté pensaba en ellas, en esas piernas. Oía ruido a mi alrededor y al poco me di cuenta de que el ruido estaba dentro, en mi cabeza. Tantee comprobando la sensibilidad de mis dedos. Todo estaba en orden. Excepto por la sensación de presión en la nuca. En las sienes. En la nariz.

Miré a mi alrededor, aún desorientado. A mi derecha colgaba un botón del que colgaba un cable hacia alguna parte. La vista no me alcanzaba. Debía ser el botón para llamar a las enfermeras. El botón de llorar. Porque has partido dos piernas tan hermosas y sobrecogedoras que te duele especialmente haberlo hecho. Más allá del compromiso que supone, claro está. 

¿Dónde estarán ahora? ¿Congeladas en algún cajón? Tal vez aún palpitantes y sangrantes sobre alguna tabla de acero esterilizada. Has salido de tu primer accidente de tráfico ileso, ahora tienes que dar las gracias e ir a por ellas. Come y calla. Corre.


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