viernes, 23 de marzo de 2012

Don't Freak Out

Ayer cuando estaba esperando al autobús abajo de mi casa me pareció que me había equivocado de sitio por completo. Fue sólo un momento, un instante de estos que se te escapan y al segundo sólo tienes una impresión vaga de lo que acaba de pasar.

Me miré los pies y dije: Angélica respira hondo. Y como vino se fue.

Estuve todo el día dándole vueltas a lo que había pasado sin quererlo, de arriba para abajo. Cuando estaba haciendo pis en los baños de la universidad fue cuando más intensamente lo pensé. Ahora, claro, ya me doy cuenta de por qué fue ahí. Siempre que meo en la universidad, invariablemente, recuerdo a los detectives salvajes. Me acuerdo de la parte en la que una argentina, o uruguaya, no sé, se queda encerrada en el baño de la UNAM durante la primavera del 68 mexicana. Cuenta que lee, que se baja las bragas para leer porque fue en esa postura en la que se salvó (o más o menos porque lo leí hace mucho y ya no me acuerdo bien). El caso es que yo me imagino a mí misma allí, escribiendo poemas en el papel higiénico y más tarde comiéndomelos, al papel y a los poemas. Y el caso es que leí esa novela con Virginia. Que ahora lleva treinta y cuatro días, doscientas cuarenta y cuatro palabras y tres horas lejos de aquí. Ni yo habría aguantado tanto comiendo papel higiénico.

------
Prólogo:
Ejercicio para hoy: Escriba un planto o composición en prosa (si es usted cursi, o quiere tener éxito entre la crítica que gusta de lo cursi, que es casi toda, puede hacerlo en prosa lírica ), sobre la muerte de un amigo o amiga sin utilizar términos como “pena”, “siempre”, “nunca”, “muerte” “ dolorido sentir”, “memoria” e “irrepetible”. Tampoco expresiones como “fatal desamparo”, “inolvidable amistad”, “imborrable huella” o  “aquellos botellones de antaño”. Extensión: mínimo 140 caracteres, máximo: 1400 caracteres.


domingo, 18 de marzo de 2012

La Teogonía: Tres desgracias para los tres hermanos


I

Tú, el que piensas antes, ¿qué has venido a decirme? En los párpados se aprecia tu arrogancia y soberbia, la firme creencia en la traición a tus hermanos, no una sino dos veces. ¿Qué esperas de mí, el rey de los truenos, los rayos y los relámpagos? A mí debe obediencia el rey del Tártaro, al igual que aquel que atraviesa las constelaciones para traernos los Días. Si bien sabes, que en su carro de fuego yo maté al hijo de éste por deber y no por gusto, ¿cómo esperas que no venza el dolor de mi corazón para castigarte a tí, heredero del Cielo y de la Tierra? Si apenas puedo reprimir mi furia mientras veo luces allá a lo lejos en esta noche oscura, pensando lo que antepones a nosotros, a los que tú eres más semejante. Pero también ellos recibirán su castigo y tú vivirás para ver la desgracia acaecer sobre sus hombros, con las manos de Hefesto a tu espalda, y tu destino será la sangre y la regeneración eternas y tras de tí sólo habrá roca y ante tí solo habrá abismo, y será así la soledad parte de tu condena.


II

Que reciba ahora el que piensa después esta ofrenda del seno de todos los dioses. Que contemple su belleza y se regocije en ella y ya no recuerde las palabras sabias de su hermano. El Regalo de Todos sin duda será recibido y todos caerán bajo el influjo de las que son semejantes a las diosas. En su amargo no poder encontrarse, ambos sucumbirán a la pena y a la furia y ese será mi castigo para ellos, los que arañan a Gea. 


III

Tú, el primero de los que se han levantado, nunca serás lo suficiente grande para imponerte ante mí, dios de dioses. Tu frente se cubrirá de sudor soportando el peso de la gran bóveda sobre tus hombros y así tu grandeza será bien aprovechada por fin. Y así permanecerás, como el mayor pilar, al lado del jardín de tus hijas, y contemplarán ellas el esfuerzo en que habrás de permanecer por culpa de tu ambición.


jueves, 15 de marzo de 2012

III

Me gustaba sentarme a observar, con la cabeza apoyada sobre las manos y las manos sobre las rodillas flexionadas, cómo Rebeca creaba colores nuevos de otros distintos. A mí me resultaba misterioso y ella siempre decía que dependía de la hora del día que le saliera un color u otro. Todo depende de la luz, me decía sonriendo y señalaba a los amplios ventanales, que derramaban el exterior sobre el suelo del estudio desde ambos lados. El estudio era un lugar, como ya mencioné, amplio y con un colchón y una barricada hecha con libros y otros elementos (esto último no lo había mencionado) al lado de la cama, que hacía las veces de mesilla de noche y de fuerte defensivo del resto de la habitación. 

En el cuarto sólo podían encontrarse cuadros, papeles de los que servían para dibujar en todo tipo de formatos y agrupados bajo todo tipo de métodos, -en carpetas gigantes, de esas que siempre me llamaban la atención cuando me cruzaba con un estudiante de artes, en tubos largos que se sostenían de pie ellos solos y en todo tipo de blocs, cuadernos o simplemente desperdigados por todas partes-, libros (esos por lo general eran míos, si no eran de arte, de ilustraciones o de fotografía) que formaban montañitas pequeñas acá y allá y pinceles. Pinceles en vasos de agua mezclada con aguarrás, envueltos en paños manchados de dedos manchados de pintura o simplemente desperdigados.

La primera vez que vi que Rebeca se iba a dormir y dejaba un pincel sobre la pequeña mesilla improvisada (por aquel entonces sólo constituida por grandes ejemplares de distintos pintores y algunos ensayos de arte) me salió decirle, «¿pero qué te piensas, que es un boli no más?»
Las dos nos reímos mucho y después yo dejé mi propio bolígrafo al lado de su pincel e hicimos el amor hasta bien entrada la noche.

martes, 13 de marzo de 2012

II (estudio de color sin título)

Siento algo, un temblor atrás de mí. Abro los ojos para ver qué es. Me desperezo. ¿Por qué siempre escribo tan de mañana? Mis ojos son lo menos importante en este momento. Uso el tacto de mi espalda, uso los sonidos, para ver qué pasa afuera.

Alguien, cerca de mí también usa el tacto. Rebeca se mueve despacito a mi lado. Más despierta. Yo escucho en silencio sus movimientos y la oigo abrir mis nalgas y jugar con ellas. La oigo caminar por mi costado. La siento susurrar con voz enredada de por la mañana -Cesar... Buenos días Cesar -A mí me gusta cuando dice mi nombre así, acariciándolo no más y me revuelvo en silencio. 
Ella dice -Ayer no dijiste nada de los cuadros. 

Estamos en una habitación amplia, pero pequeña para ser un estudio y un dormitorio a la vez, pero aun así nos da igual. Nos tiramos rendidas todos los días sobre un colchón a su vez tirado en el suelo y somos muy felices entre las paredes blancas. Estamos presididas por el estudio de color con pintura plástica. -Oye, -me dice, -¿me has oído?
-Sí que dije Rebequita, lo que pasó fue que tú no me oíste.


lunes, 12 de marzo de 2012

Conversación


—A veces tus miradas me dan miedo.


—¿Y eso por qué?


—No sé, te miro a los ojos y pienso... un espía.

domingo, 11 de marzo de 2012

Estudio de color sin título, I

Aquí tenemos todos frío. Tres lienzos hechos con pintura plástica parece que nos protegen, que nos cubren las espaldas, pero yo siento que en realidad nos observan. Me parece que podría entrar alguien en cualquier momento y confundirnos con sus sirvientes. No, no, estoy completamente segura de que si entrara alguien en este momento pensaría que somos los siervos de este estudio de color a tres voces. 

Uno es como el Padre, el otro es como el Hijo, y el último es como el Espíritu Santo, y nosotros estamos aquí abajo. Sus esquinas superiores están bien por encima de nuestras cabezas y tenemos que elevar los ojos para mirarlas bien. Tenemos que ponernos de puntillas para llegar con la punta de los dedos, el brazo en vilo, a la parte superior de ellos. Pero por su puesto no lo haríamos. No sé como oso siquiera pensar en ello.

Bernardo dice, «qué pinturas más hermosas». Pero lo dice así, sin admiración, bajito bajito, entre susurros. Yo digo, «qué bien que pintes Rebeca », pero en realidad estoy pensando, ¡Rebeca, Rebequita! ¡Nos tienes cogidos por las pelotas!
Poco a poco me voy dando cuenta de que nadie va a poder salir igual que entró de esta habitación. Me planteo, mientras parpadeo con la vista fija en un rojo que se asoma fuerte en uno de los lienzos si debería quemar los cuadros. ¿Cómo podría librarme de este influjo extraño que me producen? ¿Soy yo o son ellos? Trago saliva y miro a ambos lados, todos están tan tranquilos, sí, trago saliva de nuevo. 

Revuelvo en mi saco, sin saber bien lo que busco en realidad, y sin apartar los ojos de la santa trinidad. ¿Es esto la belleza? Pienso, ¿son estas las cadenas con las que el mundo me demuestra que existe lo otro, y que yo estoy así de lejos, que soy así de pequeña? Ah sí, mis gafas, por ejemplo, son un buen comienzo.

Tras calzármelas me acerco un poco más. Oh, sí, pero qué curvas, qué pinceladitas tan delicadas, qué transiciones entre unos y otros. Admirable, realmente admirable. Siento a Rebeca a mi espalda, estudiando mis reacciones seguramente. Espera que tenga algo bonito que decirle tal vez. Pero a mí las palabras se me han quedado adentro, se me han bajado al estómago no sé. Si pudiera comunicarme con ella a palmadas lo haría. Le diría, qué bárbaro Rebeca, es magnífico. Estoy sinceramente impresionada. Estoy sobrecogida.

Hay una estela de sangre si empiezas a mirarlo por el final. Es tierra mezclada con sangre. En el de la izquierda la sangre es azul, y en el de la derecha la sangre es amarilla. En el centro, es roja.

Si empiezas por el cielo ves manchas grises que son las nubes en el primero. Y en el tercero son manchas desvalidas, jirones sueltos entre mucho cielo naranja que lo empapa todo y que atraviesa estas nubes. En el centro, el cielo es como negro y las nubes son blancas.

Entre la tierra y el cielo, qué hermoso decirlo en este orden, hay todo tipo de cuerpos en distintas posiciones. En el centro todos están muertos, son cuerpos blancos manchados de rojo, y la sangre es seca y oscura en algunas partes de sus cuerpos. Sorprendentemente, el rojo no se hace rosa en contacto con el blanco, si no que permanece así, seco y oscuro. A lo mejor esto es normal, pero yo no sé mucho de pintura y me sorprende. Es una escena de guerra. En el primero es invierno, en el tercero es verano, y en el segundo solamente hay guerra. No hay sangre azul por la que escaparse en ese, no hay jirones rodeados de un cielo naranja eléctrico en los que refugiarse. 
Solamente guerra.

Ay Rebeca, Rebequita. Tú puedes conmigo, pienso. ¿Qué me quieres decir? ¿Qué me quieren decir los tres jinetes cromáticos? Busco un papel otra vez en el saco. Y no encuentro nada. Pero necesito poner algo en algún sitio mientras veo esto, no sé, podría escribir en la pared, al lado de uno de los cuadros, Guadalupe estuvo aquí, pero me resulta demasiado vulgar, así que extiendo el brazo. Lo miro empuñando el boli y sin haber escrito siquiera levanto tímidamente mis dedos. Tenso la parte baja de mis piernas y convierto la punta de mis pies en mi único apoyo (que es lo mismo que decir que me pongo de puntillas) y con la mano que me queda libre, la que no sujeta el boli, llego hasta el borde superior del cuadro. Así, toda estirada, palpo con los dedos y me siento morir. Rebusco, con el tacto como cuando intentas encontrar algo en una estantería que te queda demasiado alta para mirar. 

Rebeca se acerca a mí y pasa la mano por el costado hasta tocarme un pecho. Qué extravagante eres Rebequita pienso yo, pero no puedo pronunciarlo.





viernes, 9 de marzo de 2012

Quotidien I

Hoy el despertar me ha dolido.
Porque ha sido el despertador quien me ha llamado y todavía no eran horas.
Lo he apagado. Me he enredado en sus brazos y he decidido dormir un poco más.
Pronto he comprobado que eso a él no le parecía tan buen plan.
Lo de no levantarse sí.
Lo de dormir no.

jueves, 8 de marzo de 2012

, Psique, Eros, Capitolini o El Abrazo


 Lo que me gusta es cómo le toca la cara. Cómo está toda cubierta. Cómo las telas de piedra son telas y la carne es carne. Cómo los cuellos son más blancos que el resto. 

De ella me gustan su estómago, sus pies y su nombre. De él también me gusta su nombre, pero también sus manos.

Pero sobre todo. Sobre todo me gusta cómo se tocan.

Yo quiero tocar así todos los días.

lunes, 5 de marzo de 2012

Aquí todavía estás cumpliendo años





















Antes de ser un secreto era una duda.

Y aún antes,
era un rostro.

Tenia piernas y manos.

Brazos y estómago.

Tenía curvas,
tenía caminos.

Y ahora.
Después de todo eso.

Soy una mentira.

(Foto. la Polonais)