Ayer cuando estaba esperando al autobús abajo de mi casa me pareció que me había equivocado de sitio por completo. Fue sólo un momento, un instante de estos que se te escapan y al segundo sólo tienes una impresión vaga de lo que acaba de pasar.
Me miré los pies y dije: Angélica respira hondo. Y como vino se fue.
Estuve todo el día dándole vueltas a lo que había pasado sin quererlo, de arriba para abajo. Cuando estaba haciendo pis en los baños de la universidad fue cuando más intensamente lo pensé. Ahora, claro, ya me doy cuenta de por qué fue ahí. Siempre que meo en la universidad, invariablemente, recuerdo a los detectives salvajes. Me acuerdo de la parte en la que una argentina, o uruguaya, no sé, se queda encerrada en el baño de la UNAM durante la primavera del 68 mexicana. Cuenta que lee, que se baja las bragas para leer porque fue en esa postura en la que se salvó (o más o menos porque lo leí hace mucho y ya no me acuerdo bien). El caso es que yo me imagino a mí misma allí, escribiendo poemas en el papel higiénico y más tarde comiéndomelos, al papel y a los poemas. Y el caso es que leí esa novela con Virginia. Que ahora lleva treinta y cuatro días, doscientas cuarenta y cuatro palabras y tres horas lejos de aquí. Ni yo habría aguantado tanto comiendo papel higiénico.
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Prólogo:
Ejercicio para hoy: Escriba un planto o composición en
prosa (si es usted cursi, o quiere tener éxito entre la crítica que
gusta de lo cursi, que es casi toda, puede hacerlo en prosa lírica ),
sobre la muerte de un amigo o amiga sin utilizar términos como “pena”,
“siempre”, “nunca”, “muerte” “ dolorido sentir”, “memoria” e
“irrepetible”. Tampoco expresiones como “fatal desamparo”, “inolvidable
amistad”, “imborrable huella” o “aquellos botellones de antaño”.
Extensión: mínimo 140 caracteres, máximo: 1400 caracteres.
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