Aquí tenemos todos frío. Tres lienzos hechos con pintura plástica parece que nos protegen, que nos cubren las espaldas, pero yo siento que en realidad nos observan. Me parece que podría entrar alguien en cualquier momento y confundirnos con sus sirvientes. No, no, estoy completamente segura de que si entrara alguien en este momento pensaría que somos los siervos de este estudio de color a tres voces.
Uno es como el Padre, el otro es como el Hijo, y el último es como el Espíritu Santo, y nosotros estamos aquí abajo. Sus esquinas superiores están bien por encima de nuestras cabezas y tenemos que elevar los ojos para mirarlas bien. Tenemos que ponernos de puntillas para llegar con la punta de los dedos, el brazo en vilo, a la parte superior de ellos. Pero por su puesto no lo haríamos. No sé como oso siquiera pensar en ello.
Bernardo dice,
«qué pinturas más hermosas». Pero lo dice así, sin admiración, bajito bajito, entre susurros. Yo digo,
«qué bien que pintes Rebeca
», pero en realidad estoy pensando, ¡Rebeca, Rebequita! ¡Nos tienes cogidos por las pelotas!
Poco a poco me voy dando cuenta de que nadie va a poder salir igual que entró de esta habitación. Me planteo, mientras parpadeo con la vista fija en un rojo que se asoma fuerte en uno de los lienzos si debería quemar los cuadros. ¿Cómo podría librarme de este influjo extraño que me producen? ¿Soy yo o son ellos? Trago saliva y miro a ambos lados, todos están tan tranquilos, sí, trago saliva de nuevo.
Revuelvo en mi saco, sin saber bien lo que busco en realidad, y sin apartar los ojos de la santa trinidad. ¿Es esto la belleza? Pienso, ¿son estas las cadenas con las que el mundo me demuestra que existe lo otro, y que yo estoy así de lejos, que soy así de pequeña? Ah sí, mis gafas, por ejemplo, son un buen comienzo.
Tras calzármelas me acerco un poco más. Oh, sí, pero qué curvas, qué pinceladitas tan delicadas, qué transiciones entre unos y otros. Admirable, realmente admirable. Siento a Rebeca a mi espalda, estudiando mis reacciones seguramente. Espera que tenga algo bonito que decirle tal vez. Pero a mí las palabras se me han quedado adentro, se me han bajado al estómago no sé. Si pudiera comunicarme con ella a palmadas lo haría. Le diría, qué bárbaro Rebeca, es magnífico. Estoy sinceramente impresionada. Estoy sobrecogida.
Hay una estela de sangre si empiezas a mirarlo por el final. Es tierra mezclada con sangre. En el de la izquierda la sangre es azul, y en el de la derecha la sangre es amarilla. En el centro, es roja.
Si empiezas por el cielo ves manchas grises que son las nubes en el primero. Y en el tercero son manchas desvalidas, jirones sueltos entre mucho cielo naranja que lo empapa todo y que atraviesa estas nubes. En el centro, el cielo es como negro y las nubes son blancas.
Entre la tierra y el cielo, qué hermoso decirlo en este orden, hay todo tipo de cuerpos en distintas posiciones. En el centro todos están muertos, son cuerpos blancos manchados de rojo, y la sangre es seca y oscura en algunas partes de sus cuerpos. Sorprendentemente, el rojo no se hace rosa en contacto con el blanco, si no que permanece así, seco y oscuro. A lo mejor esto es normal, pero yo no sé mucho de pintura y me sorprende. Es una escena de guerra. En el primero es invierno, en el tercero es verano, y en el segundo solamente hay guerra. No hay sangre azul por la que escaparse en ese, no hay jirones rodeados de un cielo naranja eléctrico en los que refugiarse.
Solamente guerra.
Ay Rebeca, Rebequita. Tú puedes conmigo, pienso. ¿Qué me quieres decir? ¿Qué me quieren decir los tres jinetes cromáticos? Busco un papel otra vez en el saco. Y no encuentro nada. Pero necesito poner algo en algún sitio mientras veo esto, no sé, podría escribir en la pared, al lado de uno de los cuadros, Guadalupe estuvo aquí, pero me resulta demasiado vulgar, así que extiendo el brazo. Lo miro empuñando el boli y sin haber escrito siquiera levanto tímidamente mis dedos. Tenso la parte baja de mis piernas y convierto la punta de mis pies en mi único apoyo (que es lo mismo que decir que me pongo de puntillas) y con la mano que me queda libre, la que no sujeta el boli, llego hasta el borde superior del cuadro. Así, toda estirada, palpo con los dedos y me siento morir. Rebusco, con el tacto como cuando intentas encontrar algo en una estantería que te queda demasiado alta para mirar.
Rebeca se acerca a mí y pasa la mano por el costado hasta tocarme un pecho. Qué extravagante eres Rebequita pienso yo, pero no puedo pronunciarlo.
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