Rebeca me los presentó como a sus
amigos pero yo al principio me sentí extremadamente incómoda en su
presencia y me marché en cuando tuve oportunidad. Rebequita, tal vez
intuyéndolo, intentó sacar el tema esa misma noche. Ya vivíamos
juntas. Mis libros ya formaban parte del mobiliario y había dejado
el pisito que tenía alquilado unas cuadras más allá. Yo me mostré
huidiza a sus preguntas, o intenté aparentar que no pasaba nada, que
me había marchado porque verdaderamente tenía algunos mandados que
hacer.
El siguiente contacto que tuve con
ellos, Lana y Miguel, fue una tardecita moderadamente fría que yo
estaba invirtiendo gustosamente en admirar las pinturas de mi
Rebeca tumbada en el suelo del estudio. Los huesos se me
congelaban, y los músculos pero a mi me daba igual. Lo que me
importaba eran las pinturas y vaciarme de vida mientras observaba.
Serían como las siete cuando me vi interrumpida. Alguien tocó a la
puerta mm no sé, de forma sobria, o seca, más o menos.
Me levanté, y eché un vistazo a
través de la mirilla mientras me desperezaba. Lo siguiente que hice
fue pegar mi espalda a la puerta, como si fuera una película
mismamente, y tomarme mi tiempo para respirar y pensar. Miguel. ¿Qué
está haciendo aquí?
Abrí como si nada, tras haber sufrido
un sobresalto al notar en mi espalda, físicamente, que de nuevo
tocaba a la puerta. Sonreí y le dije
«hombre Miguel, qué fue».
Creo
que sonó convincente. Creo que incluso le gustó, seguramente por el
acento. De Miguel en lo primero que me fijé fue en sus tatuajes. Se
le asomaban a las manos y al cuello como si intentaran esconderse
bajo su camisa pero no cupieran, y yo me preguntaba si sería verdad.
Tenía cara de colombiano, eso fue lo que pensé al conocerle, y ella
parecía una gallega pero luego resultó que fue al revés. Él había
nacido en Barcelona y seguramente pensé que era de Colombia porque
era muy moreno y por las ojeras.
Le convidé a un café y observé como
se echaba lo que me parecieron cantidades incomprensibles de azúcar
en la taza, pero no dije nada y él durante un rato tampoco dijo
nada, se reía, supongo que de nuestro silencio incómodo, y miraba a
su alrededor como si nunca hubiera estado antes en esa casa. Sus ojos
se detuvieron especialmente en el cuadro que yo había estado
observando esa misma tarde y deformando con mi fijeza, y a mí de pronto me
entró frío y le dije que iba a por una remera. Luego me di cuenta
de que no tenía que salir de la habitación para buscar la remera y
me puse aún más nerviosa. Me vestí delante de él.
Él más tarde me contó que en ese
transcurso no había estado observando el cuadro, sino que había
estado mirando mis movimientos mientras le daba la espalda. Mientras
buscaba la rebeca en el armario de obra, cubierto por unas cortinas
blancas (eso olvidé mencionarlo, pero es que está empotrado y si no
lo abres sólo se pueden ver un par de telas que se confunden con la
pared) y mientras me la ponía, aún de cara a la pared.
«Te la
pusiste como de puntillas, elevándote un poquito así mientras la
pasabas por detrás de tus hombros (y cuantificó la distancia entre
mis talones y el suelo con los dedos) como si para extender los
brazos tuvieras que extender todo tu cuerpo, hasta los pies.»
A
mí me gustó mucho lo que me dijo.
Pero bueno, el caso es que entonces
volvía ligeramente molesta a la zona en la que estábamos sentados,
sobre el suelo, y también me daba cuenta de que era justo el sitio
en donde había estado tumbada. - También – pensé.
Cuando Miguel se cansó de mirar a
todas partes, como una mascota, comenzó a hablar conmigo. No hay que
engañarse, lo mismo se pasó una hora en silencio el muy cabrón,
aunque puede que fuera un poco menos porque yo como estaba incómoda
no sabría decir... Y comenzó por contarme algo de sus gustos
musicales. A mí la musica me dejaba un poco fría así que
jugueteaba con unos hilillos sueltos que tenían mis jeans a la
altura de las rodillas y de vez en cuando asentía o hacía algún
sonido para que no sintiese que estaba hablando solo, aunque ahora
que lo pienso a lo mejor tampoco le hubiera importado que no lo
estuviera escuchando.
Por lo visto se estaba dedicando
últimamente a escribir un libro, seguramente larguísimo y
aburridísimo para mi gusto, sobre la historia del rock. Recuerdo que
le dije rock o rock and roll y que me reí mucho, pero creo
que él no lo entendió y sólo sonrió.
No sé cómo pasó que nos acostáramos,
no sé si es que intuí que aquella noche Rebeca no iba a pasarla en
casa o que igual tampoco le hubiera parecido mal encontrarnos
haciéndolo pero el caso es que así fue. La pasamos sin dormir ni un
segundo y ella no llegó, así que yo descubrí todos sus tatuajes, y
me di cuenta de que era verdad aquello de que no le cabían.