miércoles, 15 de agosto de 2012

El juego


Yesterday they forced me to play a game and I was frightened. They say to me, describe a path, a house, a cup.
The sea.

They say describe the sea.

And I do it. And I tell them that only the water touches my ankles and that the cup is locked inside the house. That the path is hot, and that’s why the little drops condense hugging the cup. They ask me for describing a wall. Not any wall. The wall. The insurmountable. They say, from here, you won’t walk anymore. Do whatever you want. But it will be in vain.

I could shout at them because of it. Get angry and fight against the wall without trusting them but I do. I trust them. And I only scratch it for letting little stones that make up the soil get under my nails. I lean on it, and thus, I will carry the wall with me.


martes, 14 de agosto de 2012

The Flood's day


Amada, en esta noche tú te has crucificado
sobre los dos maderos curvados de mi beso.
 César Vallejo, El poeta a su amada



Today I’ve seen how the death wedged his long fingers through your side. My mother is proud of me, you whispered, knowing that every word was a word less.
The blood covered my ankles already.
The hopeless stained my hands.
But, the brutality of the moment didn’t win me yet.

They hurt me so much, the two sides of my body that’s what I thought.
My both arms.
My both legs…

I wish the dust covered me,
covered everything ,
the drought flooded my face.

My lips are blended together with the color of your skin.
What misery.

What a big misery.

I pray for living far, breathe hard, and die close.



lunes, 13 de agosto de 2012

Le jour où les petits animaux ont paru

Hoy he sacado las manos de la miel, y he hecho un baúl, para ir llenándolo de esa miel y volver a meter las manos.

—¿Cuál?
—Mamá... ¿qué importancia tiene?
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
J.D. Salinger, Un día perfecto para el pez plátano


Cuando sugiriendo la pederastia sugieres al mismo tiempo la añoranza y la desconexión del otro, ya sé que el relato me gusta. Me encanta. Pero cuando ya no sé si el protagonista está hablando de peces o de personas, de su visión del mundo, entonces ya estoy completamente encandilada. Luego hablar del erotismo bien conseguido, de valerte de la arena de la playa para crearlo, de unos tobillos, pues ya son extras. Ese principio tan bueno, del que ya me habían hablado. Y esos detalles, como el título del artículo que Muriel ha leído, que llenan de vida propia y de densidad al relato, que sutilmente cambian cuando ya lo has leído entero. Bueno, que además de guardarlo en el baúl, me ha resultado muy inspirador, que nada me gusta más que conjugar un buen relato con mis días. Y llenarlo todo de ficción.



Ella callaba y decía bueno. Sólo decía bueno, mientras se sujetaba ambos brazos mirando al techo. Los ojos le lagrimeaban, porque los llevaba mucho rato abiertos, y seguramente el aire de la habitación estaba viciado. Una música de fondo, de mala calidad, una escena de alguna película americana, la distraían ligeramente de la conversación, sólo de vez en cuando.
-¿Qué? Vamos, habla.
-Nada
-¿Nada?
-Nada.
-Bueno.
Él se levantó, se frotó la nuca mientras se acercaba al espejo del baño y comenzó a hacer algo que ella no alcanzaba a ver. Ella se quedó sobre la cama, sin moverse. Al cabo de un rato se encendió un cigarrillo, y tuvo que apretarse los ojos muy fuerte con los puños. Cuando él salió del baño, el cigarro aún humeaba entre sus dedos anular y corazón, prácticamente consumido, con la brasa muy cerca de su sedoso pelo, de un rubio mezclado con el color de la ceniza.
Él se acercó, se inclinó sobre ella y trató de separar sus manos de sus ojos con toda la delicadeza que pudo. Tuvo que emplear más fuerza, y mientras trataba de hacerlo sin resultar brusco, el pecho de ella comenzó a temblar de una forma que hubiera resultado imperceptible si no fuera porque él intentaba mover sus manos. Desistió. Tomo el cigarro que ya estaba prácticamente consumido, y lo apagó en un cenicero pesado que estaba junto a la joven, a la altura de su estómago. No hubiera hecho falta. Ya estaba prácticamente consumido. Después, trató de retirar con movimientos suaves la ceniza del pelo rubio y sedoso que se encontraba junto a sus rodillas, pero sólo consiguió que se perdiese entre sus rizos, y que un par de mechones se volviesen grises. Mientras, apreciaba la mueca de los labios rojos, que acompañaban el leve temblor del pecho. La nariz se arrugaba, la barbilla se contraía intentando alcanzar las comisuras. Pero él sólo podía pensar en que esas uñas rojas conjuntaban con ese carmín. Eran exactamente del mismo color. Sus ojos no podía verlos.

domingo, 12 de agosto de 2012

V

A mi no me gustaban especialmente los chicos tatuados, ni tampoco los piercings o cosas así, pero su piel morena sí, y sus ojeras también. No sé si es que me recordaba a mi tierra, tal vez, el caso es que fue como un embrujo y me acabaron gustando todos sus tatuajes y los acabé memorizando. También memoricé sus cicatrices, tenía bastantes, y yo no me atrevía a preguntarle que cómo se las había hecho porque había visto bastantes cosas raras y no tenía ganas de más.

Y así todo él me gustaba, y me gustaba chuparle y atragantarme con él, y todo era así entre nosotros, acelerado y abrupto. Y así pasamos muchas noches y se mantuvo un equilibrio extraño durante varias semanas. Cuando Miguel llamaba a la puerta una tarde, mientras yo estaba escribiendo o leyendo u observando simplemente, entonces me daba cuenta de que Rebeca esa noche no iría, y que ya me podría ir a buscar una remera para abrirle la puerta. A él le gustaba romperme las rebecas. No se si era un símbolo o simplemente que le iba, pero el caso es que me hacía saltar todos los botones y yo al día siguiente los tenía que coser de nuevo pacientemente, pensando en cuándo me los volvería a romper. Cuando ya nos conocíamos más, a veces incluso lo hacía con él aún allí, y a veces también me ayudaba. Le gustaba que le arañara. Él no lo decía, pero yo lo sabía y siempre que lo hacía el empezaba a gemir o gemía más fuerte y yo me venía. Siempre me preguntaba qué pensaría Lana, si es que de verdad era su amante, de las marcas que yo le dejaba por todas partes. Yo ya creía que no le importaría, o incluso que tal vez le ponía pelearse con una compatriota suya en el mismo terreno a golpe de uñas y a mí en poco tiempo también comenzó a excitarme ese juego. Y yo sabía que era un juego, a parte de que Rebeca misteriosamente nunca coincidía con Miguel, pronto este empezó a prestarme Cds, y ella cuando los veía ni modo. Callaba o incluso a veces sonreía (a veces la pillaba cuando salía del baño lavándome los dientes) y a mí todo cada vez me gustaba más. Rebeca y Miguel, y la omnipresencia de Lana en los hombros de Miguel, o en su pecho, que me dolía y me atraía al mismo tiempo.

En muy poco tiempo comencé a masturbarme pensando en Lana. Hacía ya bastante que la había conocido, y sólo habíamos estado juntas una media hora, así que lo que me venía a la mente era más bien una nebulosa de cabellos dorados con una ancha boca pintada, y piel pálida. Así que cuando la ví, al otro lado de mi puerta, yo jadeante y toda colorada y Miguel desnudo en la habitación diáfana en realidad no me asusté o me preocupé, sólo esperé a que ella dijera lo que era lógico, lo que me había imaginado tantas veces en mis horas muertas.

Y sorprendentemente así fue. Me tendió una mano sonriente. Yo se la estreché mientras el hombro de mi camisola se deslizaba por mi brazo y no me molesté en colocarlo. - Tanto gusto. - Le dije teatralmente y las dos sonreímos. Las rodillas se me aflojaron un poco. Era una mezcla de haber mantenido los músculos en tensión durante rato y de darme cuenta de lo que se estaba sucediendo ante mis ojos. Era como un sueño de piernas y brazos y tatuajes – Lana también tenía – y sudor y pelo y piel. 

sábado, 11 de agosto de 2012

Étouffer

Lana tenía los ojos verde oxidado y una mirada tardía. Como que primero pensaba y luego miraba.
Yo podría decir que escuchaba sus palabras, podria mentir, pero en realidad solo escuchaba a esos dos temblores verde oxidado, que me susurraban cosas impronunciables sin ningún escrúpulo.
Sus ojos eran como el tártaro.
Sus manos ardían junto a sus dos ojos para darle énfasis a todo aquello que su boca no pronunciaba.

Yo me maravillaba ante este ejercicio de estilo.

Una gota de sudor recorría un pliegue entre sus senos. Una epifanía. La eucaristía cristiana.
A veces me hablaba de que alguien la perseguía, de que tenía miedo, y mientras yo escuchaba «estoy muy cansada. Me duele la cabeza.»

A veces me decía «creo que miles de arañas trepan por mi estómago, me siento morir, doy vueltas en la cama, tratando de ignorar las miles de patitas repugnantes que me recorren. Pero no soy capaz y me tengo que arrancar la piel. Me tengo que rascar hasta que no vea los límites entre mis músculos y mis manos.

Pero hoy el blanco de sus ojos me recuerda a algo malo, y decido no comer. Simplemente me siento en silencio.


 

viernes, 10 de agosto de 2012

IV


Rebeca me los presentó como a sus amigos pero yo al principio me sentí extremadamente incómoda en su presencia y me marché en cuando tuve oportunidad. Rebequita, tal vez intuyéndolo, intentó sacar el tema esa misma noche. Ya vivíamos juntas. Mis libros ya formaban parte del mobiliario y había dejado el pisito que tenía alquilado unas cuadras más allá. Yo me mostré huidiza a sus preguntas, o intenté aparentar que no pasaba nada, que me había marchado porque verdaderamente tenía algunos mandados que hacer.

El siguiente contacto que tuve con ellos, Lana y Miguel, fue una tardecita moderadamente fría que yo estaba invirtiendo gustosamente en admirar las pinturas de mi Rebeca tumbada en el suelo del estudio. Los huesos se me congelaban, y los músculos pero a mi me daba igual. Lo que me importaba eran las pinturas y vaciarme de vida mientras observaba. Serían como las siete cuando me vi interrumpida. Alguien tocó a la puerta mm no sé, de forma sobria, o seca, más o menos.

Me levanté, y eché un vistazo a través de la mirilla mientras me desperezaba. Lo siguiente que hice fue pegar mi espalda a la puerta, como si fuera una película mismamente, y tomarme mi tiempo para respirar y pensar. Miguel. ¿Qué está haciendo aquí?

Abrí como si nada, tras haber sufrido un sobresalto al notar en mi espalda, físicamente, que de nuevo tocaba a la puerta. Sonreí y le dije «hombre Miguel, qué fue». Creo que sonó convincente. Creo que incluso le gustó, seguramente por el acento. De Miguel en lo primero que me fijé fue en sus tatuajes. Se le asomaban a las manos y al cuello como si intentaran esconderse bajo su camisa pero no cupieran, y yo me preguntaba si sería verdad. Tenía cara de colombiano, eso fue lo que pensé al conocerle, y ella parecía una gallega pero luego resultó que fue al revés. Él había nacido en Barcelona y seguramente pensé que era de Colombia porque era muy moreno y por las ojeras.

Le convidé a un café y observé como se echaba lo que me parecieron cantidades incomprensibles de azúcar en la taza, pero no dije nada y él durante un rato tampoco dijo nada, se reía, supongo que de nuestro silencio incómodo, y miraba a su alrededor como si nunca hubiera estado antes en esa casa. Sus ojos se detuvieron especialmente en el cuadro que yo había estado observando esa misma tarde y deformando con mi fijeza, y a mí de pronto me entró frío y le dije que iba a por una remera. Luego me di cuenta de que no tenía que salir de la habitación para buscar la remera y me puse aún más nerviosa. Me vestí delante de él.

Él más tarde me contó que en ese transcurso no había estado observando el cuadro, sino que había estado mirando mis movimientos mientras le daba la espalda. Mientras buscaba la rebeca en el armario de obra, cubierto por unas cortinas blancas (eso olvidé mencionarlo, pero es que está empotrado y si no lo abres sólo se pueden ver un par de telas que se confunden con la pared) y mientras me la ponía, aún de cara a la pared. «Te la pusiste como de puntillas, elevándote un poquito así mientras la pasabas por detrás de tus hombros (y cuantificó la distancia entre mis talones y el suelo con los dedos) como si para extender los brazos tuvieras que extender todo tu cuerpo, hasta los pies.» A mí me gustó mucho lo que me dijo.

Pero bueno, el caso es que entonces volvía ligeramente molesta a la zona en la que estábamos sentados, sobre el suelo, y también me daba cuenta de que era justo el sitio en donde había estado tumbada. - También – pensé.

Cuando Miguel se cansó de mirar a todas partes, como una mascota, comenzó a hablar conmigo. No hay que engañarse, lo mismo se pasó una hora en silencio el muy cabrón, aunque puede que fuera un poco menos porque yo como estaba incómoda no sabría decir... Y comenzó por contarme algo de sus gustos musicales. A mí la musica me dejaba un poco fría así que jugueteaba con unos hilillos sueltos que tenían mis jeans a la altura de las rodillas y de vez en cuando asentía o hacía algún sonido para que no sintiese que estaba hablando solo, aunque ahora que lo pienso a lo mejor tampoco le hubiera importado que no lo estuviera escuchando.

Por lo visto se estaba dedicando últimamente a escribir un libro, seguramente larguísimo y aburridísimo para mi gusto, sobre la historia del rock. Recuerdo que le dije rock o rock and roll y que me reí mucho, pero creo que él no lo entendió y sólo sonrió.

No sé cómo pasó que nos acostáramos, no sé si es que intuí que aquella noche Rebeca no iba a pasarla en casa o que igual tampoco le hubiera parecido mal encontrarnos haciéndolo pero el caso es que así fue. La pasamos sin dormir ni un segundo y ella no llegó, así que yo descubrí todos sus tatuajes, y me di cuenta de que era verdad aquello de que no le cabían.

jueves, 9 de agosto de 2012

Siete veces Years


Y una de citas, de esas cosas que sólo tienen significado para una, quizás dos. Como una especie de diario extraño, o una colección de mariposas pero sin las agujas. Eso sí, no sé por qué, me siento extraña escribiendo esto, como moviendo las manos en un bote de miel.

“Nos sorprendió el verano”
T. S. Eliot

Pongamos por ejemplo que sí sé lo que quieres decir con tus silencios. Que mis manos huecas pueden llenar un poco alguno de tus vacíos, un poco, sólo un poco, por poco que sea. Pongamos por ejemplo, que el olor a café un día inunda mi casa. Que hay arena en lo alto de este edificio, y que ya no está tan en ruinas como ceríamos.
Pongamos que sé de lo que hablo.


Pongamos que hablo de ti.


Pongamos que hablo de que no hay cadenas. Y de que las cuerdas rotas no vuelven a atarse. Que hay rosas rojas en la ventana, y rosas blancas, y rosas azules. Tal vez tengas todo un jardín, y yo descanse, dormitando sobre un cuerpo tibio. Vacios de hambre y de sed.


Pongamos que te sientes segura, y que hablo de todos nosotros, y que no busco nada más que ese hueco tibio, que compartir cosas hasta quedarnos exhaustos. Y crecer así todos los días, sin respiración, en la arena blanca de nuestra terraza. En las piedras azules de nuestras manos.

Digamos, sólo con la voz trémula que se tiene al despertar, que quieres bailar conmigo.