viernes, 12 de octubre de 2012

Salomé


Soy la princesa de Judea seduciendo a mi padrastro,
soy la princesa de Judea deshonrando el cuerpo muerto de Juan Bautista,
soy la princesa de Judea,
bailando.

Y mi amor es infinito y alcanza a la muerte en su ardor.


Strauss compuso una opera para darle música a la obra teatral escrita por Oscar Wilde, que escandalizó al kaiser prusiano pero que fue un gran éxito en la ciudad austríaca de Graz. En "El Ruido Eterno" Alex Ross nos habla de la relación entre este compositor y Mahler, y las interesantes reflexiones de Alma Mahler, esposa de este último acerca de la relación que ambos músicos mantenían. Además de esto, describe el desarrollo de la propia obra.

La primera parte de Salomé se centra en la confrontación entre Salomé y el profeta Yokanaán: ella como símbolo de una sexualidad inestable, él como símbolo de una integridad ascética. Ella trata de seducirlo, él se aparta y lanza una maldición, y la orquesta, por su parte, expresa su repugnancia fascinada con un interludio en Do sostenido menor: a la manera estertórea de Yokanaán, pero en  la tonalidad de Salomé.
Creo que podría continuar citando el pasaje completo en el que Alex Ross narra la ópera, pero supongo que lo bueno si breve dos veces buenos, y así además queda destacado el reflejo que hace él de la misma Salomé, que se acerca bastante a mi propia concepción del personaje y el conflicto de la obra.

Esas mujeres repugnantes de la historia, esa Edith, esa Dalila, esa Medea, incluso María de Magdalena... ¿qué tienen en común todas ellas? ¿quiénes eran ellas realmente? Uno de mis poemas preferidos de Wyslawa Szymborska, habla sobre una de ellas y encuentro reflexiones sobre todo esto, "La Mujer de Lot"

Miré atrás dicen que por curiosidad.
Mas, curiosidad aparte, pude haber tenido otras razones.
Miré hacia atrás de pena por la fuente de plata.
Por descuido mientras ataba la correa de mi sandalia.
Para no mirar más el cogote justo
de mi esposo, Lot.
Por la súbita certeza de que si yo muriera
ni siquiera se habría detenido.
Por la desobediencia de los sumisos.
A la escucha de la persecución.
Tomada por el silencio esperando que Dios cambiara de parecer.
Nuestras dos hijas ya desaparecían detrás de la cima de la colina.
Sentí la vejez dentro de mí. La lejanía.
La vanidad de la andadura. El sueño.
Miré atrás por poner el hatillo sobre el suelo.
Miré atrás por temor a dónde dar el paso.
En mi sendero aparecieron serpientes,
arañas, ratones, polluelos de buitres.
Ya ni lo bueno ni lo malo -simplemente todo lo vivo,
reptaban y saltaba en pánico colectivo.
Miré atrás por mi soledad.
Por vergüenza de que estaba huyendo a hurtadillas.
Por ganas de gritar, de volver.
O quizá sólo arreció el viento
soltó mi cabello y me levantó el vestido.
Sentía que me miraban desde las murallas de Sodoma
y rompían en carcajadas una y otra vez.
Miré atrás por rabia.
para saciarme de su gran perdición.
Miré atrás por todas las razones arriba expresadas.
Miré hacia atrás de forma involuntaria.
Fue sólo una piedra la que se giró rugiendo bajo mi cuerpo.
Fue una grieta la que, de pronto, me cortó el camino.
En el borde un hámster se agitaba sobre sus dos patas.
Y fue entonces cuando ambos miramos atrás.
No, no. Yo seguí corriendo,
arrastrándome y levantando el vuelo,
hasta que la oscuridad cayó del cielo,
y con ella la gravilla ardiente y las avez muertas.
Por falta de aliento giré repetidas veces.
Quien lo viese habría pensado que bailaba.
No descarto que tuviera los ojos abiertos.
Es posible que me desplomara con el rostro vuelto hacia la ciudad
Traducción de Elzbieta Bortkiewitcz




 

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