Y el hielo se hizo carne entre nosotros.
Y su carne fue la nuestra y cortaba
y era fría y nadie habló
de ello.
Todos teníamos miedo.
Buscaba su reflejo en los charcos pero sólo encontraba suciedad y trozos oscuros de hielo.
Cantaba alto mientras caminaba.
Pero sólo oía el ruido de su respiración entre palabra y palabra.
Miraba al cielo y no veía nubes. Sólo veía el vapor que salía de su boca, y contrariado torcía el gesto. Cuando pensaba en lo que se encontraría detrás de la valla del parque apretaba fuerte los bolsillos de su anorak. Entonces su nudillos se volvían blancos y contrastaban con el azul de la punta de sus dedos. Un rato antes las uñas le dolían pero ya había dejado de notarlo.
Si aprietas algo muy fuerte, la circulación tiene más dificultades para alimentar la zona tensa, así que es más facil que den comienzo procesos de congelación.
Divisó las barras de colores y se detuvo sólo por un segundo para contemplarlas. Después vinieron el tobogán y los columpios. La red para escalar. Y luego, los cochecitos. La entrada estaba al otro lado, se encaramó y pasó por encima de la barandilla barnizada de verde oscuro. En el suelo sólo se veían hojas secas.
Ella entendía que sólo quisiese que fuese su compañera de juegos, pero aun así le dolía. Asintió levemente cuando le vio cruzar el amplio patio, y avanzó recordándose que lo que uno decide es lo que existe, lo que empieza a existir en el mundo, y que así funcionan las creaciones, a través de una decisión. Una rama mal colocada fue suficiente para que antes de llegar a su encuentro ya le sangrase la nariz. Las gotas espesas y calientes llegaban hasta su boca y ella no hacía nada por impedirlo. Una vez allí la recorrían hasta colmar sus comisuras.
Él no ocultó su expresión entre sorprendida y asustada, o tal vez no se dio cuenta de la cara que estaba poniendo. Ella sonrió para tranquilizarle y sus dientes se mancharon también, y entonces él asintió y su rostro volvió a la inexpresividad habitual. Subieron juntos al tobogán y se dejaron empapar por todo lo que quedaría atrás pronto. Ya comenzaba a clarear. Las primeras luces hicieron que la sangre se volviera más roja y él le limpió el rostro con su gorro.
Ella le dio un beso y él continuó en silencio. Se cogieron de la mano. Sus corazones estaban igual de apretados que el uno contra el otro. Ninguno de los dos estaba seguro de que si hubiera habido otra solución la habrían escogido. Nadie se había molestado en buscarle otro final al juego. Lloraban, pero no estaban tristes, era sólo el frío.