sábado, 18 de febrero de 2012

Eau

Estás de pie sobre el suelo blanco y brillante. El agua cae y tú dejas que caiga.

Deja que caiga. El suelo se mancha de sangre y de suciedad, es mejor que se manche a que sigas manchada tú. Los gritos se desgranan en tus oídos y las conversaciones se mezclan.

"Sí, si no, no estaríamos hablando, nunca te habría conocido, no habríamos hecho de esto un lugar común. Aunque en realidad seguimos siendo desconocidos."

Toses, la garganta se te araña mientras frotas compulsivamente una de tus manos. Poco a poco las células muertas se van cayendo. Las tuyas y las suyas, y dejan paso a las células vivas, que a fuerza de frotar lentamente se van despegando también. Se llaman culpa, hambre, desidia y fuerza, y se van cayendo mientras les pones nombre. Chantaje y Miedo.

No sabes ponerle nombre a todas las cosas. Sólo conoces algunos.
Y mientras la piel se desprende tú gruñes. Aprietas los dientes. Dejas caer lágrimas. Pero lo único importante es el movimiento de tus manos, la una contra la otra. Contra el brazo y las piernas, pecho. Espalda.

El rostro es lo que más duele. La piel se enrojece algo antes que el resto, lo sabes porque lo notas. Imaginas cada ápice de tu piel gritando. Llorando entre sus hermanos porque no les das tregua. Pero tu permaneces firme, frotando frotando. Hasta que sólo sientas llamas.

Las lágrimas te escuecen en las mejillas. Será porque son saladas. Te enfrentas de cara al agua, para que se lleve también la sal consigo. Hay que ponerle el sello de la eternidad a lo nuestro. Hay que acabar con este rencor y esta duda. Ojalá tu cuerpo fuera soluble, piensas mientras arrastras el suyo contigo.

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