sábado, 11 de agosto de 2012

Étouffer

Lana tenía los ojos verde oxidado y una mirada tardía. Como que primero pensaba y luego miraba.
Yo podría decir que escuchaba sus palabras, podria mentir, pero en realidad solo escuchaba a esos dos temblores verde oxidado, que me susurraban cosas impronunciables sin ningún escrúpulo.
Sus ojos eran como el tártaro.
Sus manos ardían junto a sus dos ojos para darle énfasis a todo aquello que su boca no pronunciaba.

Yo me maravillaba ante este ejercicio de estilo.

Una gota de sudor recorría un pliegue entre sus senos. Una epifanía. La eucaristía cristiana.
A veces me hablaba de que alguien la perseguía, de que tenía miedo, y mientras yo escuchaba «estoy muy cansada. Me duele la cabeza.»

A veces me decía «creo que miles de arañas trepan por mi estómago, me siento morir, doy vueltas en la cama, tratando de ignorar las miles de patitas repugnantes que me recorren. Pero no soy capaz y me tengo que arrancar la piel. Me tengo que rascar hasta que no vea los límites entre mis músculos y mis manos.

Pero hoy el blanco de sus ojos me recuerda a algo malo, y decido no comer. Simplemente me siento en silencio.


 

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