A mi no me gustaban especialmente los
chicos tatuados, ni tampoco los piercings o cosas así, pero su piel
morena sí, y sus ojeras también. No sé si es que me recordaba a mi
tierra, tal vez, el caso es que fue como un embrujo y me acabaron
gustando todos sus tatuajes y los acabé memorizando. También
memoricé sus cicatrices, tenía bastantes, y yo no me atrevía a
preguntarle que cómo se las había hecho porque había visto
bastantes cosas raras y no tenía ganas de más.
Y así todo él me gustaba, y me
gustaba chuparle y atragantarme con él, y todo era así entre
nosotros, acelerado y abrupto. Y así pasamos muchas noches y se
mantuvo un equilibrio extraño durante varias semanas. Cuando Miguel
llamaba a la puerta una tarde, mientras yo estaba escribiendo o
leyendo u observando simplemente, entonces me daba cuenta de que
Rebeca esa noche no iría, y que ya me podría ir a buscar una remera
para abrirle la puerta. A él le gustaba romperme las rebecas. No se
si era un símbolo o simplemente que le iba, pero el caso es que me
hacía saltar todos los botones y yo al día siguiente los tenía que
coser de nuevo pacientemente, pensando en cuándo me los volvería a
romper. Cuando ya nos conocíamos más, a veces incluso lo hacía con él aún allí, y a veces también me ayudaba. Le gustaba que le
arañara. Él no lo decía, pero yo lo sabía y siempre que lo hacía
el empezaba a gemir o gemía más fuerte y yo me venía. Siempre me
preguntaba qué pensaría Lana, si es que de verdad era su amante, de
las marcas que yo le dejaba por todas partes. Yo ya creía que no le
importaría, o incluso que tal vez le ponía pelearse con una
compatriota suya en el mismo terreno a golpe de uñas y a mí en poco
tiempo también comenzó a excitarme ese juego. Y yo sabía que era
un juego, a parte de que Rebeca misteriosamente nunca coincidía con
Miguel, pronto este empezó a prestarme Cds, y ella cuando los veía
ni modo. Callaba o incluso a veces sonreía (a veces la pillaba
cuando salía del baño lavándome los dientes) y a mí todo cada vez
me gustaba más. Rebeca y Miguel, y la omnipresencia de Lana en los
hombros de Miguel, o en su pecho, que me dolía y me atraía al mismo
tiempo.
En muy poco tiempo comencé a
masturbarme pensando en Lana. Hacía ya bastante que la había
conocido, y sólo habíamos estado juntas una media hora, así que lo
que me venía a la mente era más bien una nebulosa de cabellos
dorados con una ancha boca pintada, y piel pálida. Así que cuando
la ví, al otro lado de mi puerta, yo jadeante y toda colorada y
Miguel desnudo en la habitación diáfana en realidad no me asusté o
me preocupé, sólo esperé a que ella dijera lo que era lógico, lo
que me había imaginado tantas veces en mis horas muertas.
Y sorprendentemente así fue. Me tendió
una mano sonriente. Yo se la estreché mientras el hombro de mi
camisola se deslizaba por mi brazo y no me molesté en colocarlo. -
Tanto gusto. - Le dije teatralmente y las dos sonreímos. Las
rodillas se me aflojaron un poco. Era una mezcla de haber
mantenido los músculos en tensión durante rato y de darme cuenta de
lo que se estaba sucediendo ante mis ojos. Era como un sueño de
piernas y brazos y tatuajes – Lana también tenía –
y sudor y pelo y piel.
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