domingo, 12 de agosto de 2012

V

A mi no me gustaban especialmente los chicos tatuados, ni tampoco los piercings o cosas así, pero su piel morena sí, y sus ojeras también. No sé si es que me recordaba a mi tierra, tal vez, el caso es que fue como un embrujo y me acabaron gustando todos sus tatuajes y los acabé memorizando. También memoricé sus cicatrices, tenía bastantes, y yo no me atrevía a preguntarle que cómo se las había hecho porque había visto bastantes cosas raras y no tenía ganas de más.

Y así todo él me gustaba, y me gustaba chuparle y atragantarme con él, y todo era así entre nosotros, acelerado y abrupto. Y así pasamos muchas noches y se mantuvo un equilibrio extraño durante varias semanas. Cuando Miguel llamaba a la puerta una tarde, mientras yo estaba escribiendo o leyendo u observando simplemente, entonces me daba cuenta de que Rebeca esa noche no iría, y que ya me podría ir a buscar una remera para abrirle la puerta. A él le gustaba romperme las rebecas. No se si era un símbolo o simplemente que le iba, pero el caso es que me hacía saltar todos los botones y yo al día siguiente los tenía que coser de nuevo pacientemente, pensando en cuándo me los volvería a romper. Cuando ya nos conocíamos más, a veces incluso lo hacía con él aún allí, y a veces también me ayudaba. Le gustaba que le arañara. Él no lo decía, pero yo lo sabía y siempre que lo hacía el empezaba a gemir o gemía más fuerte y yo me venía. Siempre me preguntaba qué pensaría Lana, si es que de verdad era su amante, de las marcas que yo le dejaba por todas partes. Yo ya creía que no le importaría, o incluso que tal vez le ponía pelearse con una compatriota suya en el mismo terreno a golpe de uñas y a mí en poco tiempo también comenzó a excitarme ese juego. Y yo sabía que era un juego, a parte de que Rebeca misteriosamente nunca coincidía con Miguel, pronto este empezó a prestarme Cds, y ella cuando los veía ni modo. Callaba o incluso a veces sonreía (a veces la pillaba cuando salía del baño lavándome los dientes) y a mí todo cada vez me gustaba más. Rebeca y Miguel, y la omnipresencia de Lana en los hombros de Miguel, o en su pecho, que me dolía y me atraía al mismo tiempo.

En muy poco tiempo comencé a masturbarme pensando en Lana. Hacía ya bastante que la había conocido, y sólo habíamos estado juntas una media hora, así que lo que me venía a la mente era más bien una nebulosa de cabellos dorados con una ancha boca pintada, y piel pálida. Así que cuando la ví, al otro lado de mi puerta, yo jadeante y toda colorada y Miguel desnudo en la habitación diáfana en realidad no me asusté o me preocupé, sólo esperé a que ella dijera lo que era lógico, lo que me había imaginado tantas veces en mis horas muertas.

Y sorprendentemente así fue. Me tendió una mano sonriente. Yo se la estreché mientras el hombro de mi camisola se deslizaba por mi brazo y no me molesté en colocarlo. - Tanto gusto. - Le dije teatralmente y las dos sonreímos. Las rodillas se me aflojaron un poco. Era una mezcla de haber mantenido los músculos en tensión durante rato y de darme cuenta de lo que se estaba sucediendo ante mis ojos. Era como un sueño de piernas y brazos y tatuajes – Lana también tenía – y sudor y pelo y piel. 

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