viernes, 10 de agosto de 2012

IV


Rebeca me los presentó como a sus amigos pero yo al principio me sentí extremadamente incómoda en su presencia y me marché en cuando tuve oportunidad. Rebequita, tal vez intuyéndolo, intentó sacar el tema esa misma noche. Ya vivíamos juntas. Mis libros ya formaban parte del mobiliario y había dejado el pisito que tenía alquilado unas cuadras más allá. Yo me mostré huidiza a sus preguntas, o intenté aparentar que no pasaba nada, que me había marchado porque verdaderamente tenía algunos mandados que hacer.

El siguiente contacto que tuve con ellos, Lana y Miguel, fue una tardecita moderadamente fría que yo estaba invirtiendo gustosamente en admirar las pinturas de mi Rebeca tumbada en el suelo del estudio. Los huesos se me congelaban, y los músculos pero a mi me daba igual. Lo que me importaba eran las pinturas y vaciarme de vida mientras observaba. Serían como las siete cuando me vi interrumpida. Alguien tocó a la puerta mm no sé, de forma sobria, o seca, más o menos.

Me levanté, y eché un vistazo a través de la mirilla mientras me desperezaba. Lo siguiente que hice fue pegar mi espalda a la puerta, como si fuera una película mismamente, y tomarme mi tiempo para respirar y pensar. Miguel. ¿Qué está haciendo aquí?

Abrí como si nada, tras haber sufrido un sobresalto al notar en mi espalda, físicamente, que de nuevo tocaba a la puerta. Sonreí y le dije «hombre Miguel, qué fue». Creo que sonó convincente. Creo que incluso le gustó, seguramente por el acento. De Miguel en lo primero que me fijé fue en sus tatuajes. Se le asomaban a las manos y al cuello como si intentaran esconderse bajo su camisa pero no cupieran, y yo me preguntaba si sería verdad. Tenía cara de colombiano, eso fue lo que pensé al conocerle, y ella parecía una gallega pero luego resultó que fue al revés. Él había nacido en Barcelona y seguramente pensé que era de Colombia porque era muy moreno y por las ojeras.

Le convidé a un café y observé como se echaba lo que me parecieron cantidades incomprensibles de azúcar en la taza, pero no dije nada y él durante un rato tampoco dijo nada, se reía, supongo que de nuestro silencio incómodo, y miraba a su alrededor como si nunca hubiera estado antes en esa casa. Sus ojos se detuvieron especialmente en el cuadro que yo había estado observando esa misma tarde y deformando con mi fijeza, y a mí de pronto me entró frío y le dije que iba a por una remera. Luego me di cuenta de que no tenía que salir de la habitación para buscar la remera y me puse aún más nerviosa. Me vestí delante de él.

Él más tarde me contó que en ese transcurso no había estado observando el cuadro, sino que había estado mirando mis movimientos mientras le daba la espalda. Mientras buscaba la rebeca en el armario de obra, cubierto por unas cortinas blancas (eso olvidé mencionarlo, pero es que está empotrado y si no lo abres sólo se pueden ver un par de telas que se confunden con la pared) y mientras me la ponía, aún de cara a la pared. «Te la pusiste como de puntillas, elevándote un poquito así mientras la pasabas por detrás de tus hombros (y cuantificó la distancia entre mis talones y el suelo con los dedos) como si para extender los brazos tuvieras que extender todo tu cuerpo, hasta los pies.» A mí me gustó mucho lo que me dijo.

Pero bueno, el caso es que entonces volvía ligeramente molesta a la zona en la que estábamos sentados, sobre el suelo, y también me daba cuenta de que era justo el sitio en donde había estado tumbada. - También – pensé.

Cuando Miguel se cansó de mirar a todas partes, como una mascota, comenzó a hablar conmigo. No hay que engañarse, lo mismo se pasó una hora en silencio el muy cabrón, aunque puede que fuera un poco menos porque yo como estaba incómoda no sabría decir... Y comenzó por contarme algo de sus gustos musicales. A mí la musica me dejaba un poco fría así que jugueteaba con unos hilillos sueltos que tenían mis jeans a la altura de las rodillas y de vez en cuando asentía o hacía algún sonido para que no sintiese que estaba hablando solo, aunque ahora que lo pienso a lo mejor tampoco le hubiera importado que no lo estuviera escuchando.

Por lo visto se estaba dedicando últimamente a escribir un libro, seguramente larguísimo y aburridísimo para mi gusto, sobre la historia del rock. Recuerdo que le dije rock o rock and roll y que me reí mucho, pero creo que él no lo entendió y sólo sonrió.

No sé cómo pasó que nos acostáramos, no sé si es que intuí que aquella noche Rebeca no iba a pasarla en casa o que igual tampoco le hubiera parecido mal encontrarnos haciéndolo pero el caso es que así fue. La pasamos sin dormir ni un segundo y ella no llegó, así que yo descubrí todos sus tatuajes, y me di cuenta de que era verdad aquello de que no le cabían.

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