jueves, 15 de marzo de 2012

III

Me gustaba sentarme a observar, con la cabeza apoyada sobre las manos y las manos sobre las rodillas flexionadas, cómo Rebeca creaba colores nuevos de otros distintos. A mí me resultaba misterioso y ella siempre decía que dependía de la hora del día que le saliera un color u otro. Todo depende de la luz, me decía sonriendo y señalaba a los amplios ventanales, que derramaban el exterior sobre el suelo del estudio desde ambos lados. El estudio era un lugar, como ya mencioné, amplio y con un colchón y una barricada hecha con libros y otros elementos (esto último no lo había mencionado) al lado de la cama, que hacía las veces de mesilla de noche y de fuerte defensivo del resto de la habitación. 

En el cuarto sólo podían encontrarse cuadros, papeles de los que servían para dibujar en todo tipo de formatos y agrupados bajo todo tipo de métodos, -en carpetas gigantes, de esas que siempre me llamaban la atención cuando me cruzaba con un estudiante de artes, en tubos largos que se sostenían de pie ellos solos y en todo tipo de blocs, cuadernos o simplemente desperdigados por todas partes-, libros (esos por lo general eran míos, si no eran de arte, de ilustraciones o de fotografía) que formaban montañitas pequeñas acá y allá y pinceles. Pinceles en vasos de agua mezclada con aguarrás, envueltos en paños manchados de dedos manchados de pintura o simplemente desperdigados.

La primera vez que vi que Rebeca se iba a dormir y dejaba un pincel sobre la pequeña mesilla improvisada (por aquel entonces sólo constituida por grandes ejemplares de distintos pintores y algunos ensayos de arte) me salió decirle, «¿pero qué te piensas, que es un boli no más?»
Las dos nos reímos mucho y después yo dejé mi propio bolígrafo al lado de su pincel e hicimos el amor hasta bien entrada la noche.

No hay comentarios:

Publicar un comentario