Me gustaba sentarme a observar, con la
cabeza apoyada sobre las manos y las manos sobre las rodillas
flexionadas, cómo Rebeca creaba colores nuevos de otros distintos. A
mí me resultaba misterioso y ella siempre decía que dependía de
la hora del día que le saliera un color u otro. Todo depende de la
luz, me decía sonriendo y señalaba a los amplios ventanales, que
derramaban el exterior sobre el suelo del estudio desde ambos lados.
El estudio era un lugar, como ya mencioné, amplio y con un colchón
y una barricada hecha con libros y otros elementos (esto último no
lo había mencionado) al lado de la cama, que hacía las veces de
mesilla de noche y de fuerte defensivo del resto de la habitación.
En el cuarto sólo podían encontrarse
cuadros, papeles de los que servían para dibujar en todo tipo de
formatos y agrupados bajo todo tipo de métodos, -en carpetas
gigantes, de esas que siempre me llamaban la atención cuando me
cruzaba con un estudiante de artes, en tubos largos que se sostenían
de pie ellos solos y en todo tipo de blocs, cuadernos o simplemente
desperdigados por todas partes-, libros (esos por lo general eran
míos, si no eran de arte, de ilustraciones o de fotografía) que formaban montañitas
pequeñas acá y allá y pinceles. Pinceles en vasos de agua mezclada
con aguarrás, envueltos en paños manchados de dedos manchados de
pintura o simplemente desperdigados.
La primera vez que vi que Rebeca se iba
a dormir y dejaba un pincel sobre la pequeña mesilla improvisada
(por aquel entonces sólo constituida por grandes ejemplares de
distintos pintores y algunos ensayos de arte) me salió decirle, «¿pero qué te piensas, que es un boli no más?»
Las dos nos reímos mucho y después yo
dejé mi propio bolígrafo al lado de su pincel e hicimos el amor
hasta bien entrada la noche.
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